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Columna de Opinión de Sergio Campos

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El refrán “la procesión va dentro” es perfectamente aplicable a la realidad chilena de los últimos años. Demás está hablar en detalle del alza de los pasajes, de las jubilaciones miserables, de los trabajos extenuantes, de la mala educación con un servicio de salud ineficiente, el abuso en los más diversos ámbitos, la corrupción y la injusticia.
El descontento de los chilenos se estuvo fraguando lentamente pero sin pausa. Con una clase política desconectada de la realidad y con un gobierno empecinado solo en el crecimiento de la economía sin mirar la inequidad donde los pobres y vastos sectores medios de la población están excesivamente endeudados sin expectativas de mejorar su calidad de vida.
Los problemas sicológicos y psiquiátricos entre los chilenos provocados por la angustia y la ansiedad son alarmantes.
En el día mundial de la salud mental, a comienzos de octubre se rebeló que en Chile una persona se suicida cada cuatro o cinco horas.
El médico spiquiatra Roberto Amon (el día antes del estallido social) dijo en Cooperativa que la atención de una persona en crisis puede demorar semanas y meses. En decir el remedio puede llegar demasiado tarde.
Para el especialista, los efectos del trastorno de ansiedad y angustia entre los chilenos y en su vida laboral son evidentes porque "1 de cada 5 adultos presenta esta condición y la ansiedad conlleva muchos síntomas físicos como molestias musculares, dolor de cabeza, el paciente se somete a una mayor cantidad de exámenes innecesarios y se baja la productividad laboral porque se está mal, preocupado y aumenta también el ausentismo laboral".
Esta procesión que va por dentro,  ningún político ni menos el gobierno la han considerado como variable, que deriva de la forma de vida impuesta por un sistema de desigualdad que nos coloca entre los países con la cancha más dispareja.
Es evidente que la conducción de la autoridad institucional, ha sido errónea y los ciudadanos no se sientes interpretados por sus dirigentes, cualquiera sea la oferta política.
La evidencia más notable es que por la izquierda brotó el Frente Amplio, que abrigó cierta esperanza, pero detrás de eso está el 50% del electorado que decidió no votar.
Por la derecha surge el estilo ultra de Bolsonaro, con su expresión populista. Mal hacen aquellos que pretenden justificar la no participación comparándonos con Estados Unidos, donde poca gente vota.
Chile era un país con 80% de participación en las urnas. Sin duda que canjear el binominal por voto voluntario fue otros de los errores del mundo político.
Así como exigimos derechos a la salud, la educación, a mejores salario y jubilación digna, deberíamos restituir el deber de votar con el sufragio obligatorio.
Cuando nos encontramos en la encrucijada político social es hora de pensar en los caminos para encontrar la paz de los espíritus. Pero no basta el deseo. Se requiere acción y el “pacto social”, sugerido por algunos protagonistas de la política es una ruta auspiciosa.
¿Qué hacer? Y ¿cómo hacerlo? Está claro que no basta con los partidos y el gobierno. Se necesita la representación de la sociedad civil. Y para ello deben crearse herramientas constitucionales que permitan la formación de instancias participativas que sean vinculantes. Donde se pongan todas las cartas sobre la mesa. Se han sugerido los cabildos del modelo francés que podría ser un camino entre otras alternativas.
Pero en definitiva, estamos en la hora de reflexionar y actuar, sí, actuar con la rapidez que se requiere para canalizar el grito desesperado de la sociedad, que ya ha provocado tanto dolor con muertos y heridos.
Estoy impactado por las marchas multitudinarias en  varias regiones, después de los anuncios presidenciales que a todas luces parecieron insuficientes. Para Don francisco, de extensa trayectoria en la comunicación las prioridades están claras, una vida humana vale más que cualquier supermercado...)
En esta hora de incertidumbre, mucha gente, mucha, me pregunta que va a pasar. Mi respuesta es categórica: con la premura necesaria, los dirigentes en todos los niveles, están llamados a reflexionar y actuar como ocurrió en tantos momentos de la historia reciente.
La procesión que iba por dentro, salió a la superficie y contagió a miles de chilenos y extranjeros en varias capitales del mundo.
El derecho de vivir en paz, es un derecho al que nunca debemos renunciar.